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Criar y Amar

 

Criar y Amar

Criar y amar, el portal de la crianza con respeto.

Parto respetado, lactancia, sueño infantil, educación, disciplina positiva.

Basamos nuestra filosofía en el "attachment parenting" o crianza con apego.

¿Qué es la crianza con apego?

 

Crece la tendencia de parir en casa
Lunes 17 de Diciembre de 2007 17:55
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Crece la tendencia de parir en casa
Parir en casa II
Todas las páginas
Cada vez hay más parejas urbanas, mayormente jóvenes, que deciden tener a sus bebés en casa, como en tiempo de las abuelas. Se niegan a pasar por una sala de partos. Buscan mayor intimidad y libertad.

  Y evitar que les apuren el nacimiento. Aquí, la experiencia de un matrimonio que tuvo a su segundo hijo en parto domiciliario. Qué dicen los especialistas. Cuándo sí y cuándo no.

 

El dedo gordo del pie lo sacó igual al padre, dice ella, la mamá. Porque es así como achatado. ¿Y las manos? ¿Y los ojos? ¿Y la nariz? La frente es una mezcla, sugieren. Gerónimo tiene apenas un día de vida y es imposible no tentarse en ese recorrido que embeleza, que atrapa, que arriesga. La boca, por ahora, se estampa contra el pezón y chupa como una ventosa rosada. Chupa y para. Y se adormece.

Alina está un poco inquieta; revolotea por ahí, debatiéndose entre el amor, los celos y vaya uno a saber qué otras sensaciones inexcrutables que estrena como hermana mayor. Además, claro, el día, el calor, los mosquitos, las visitas inesperadas. Atenta a todo, sin querer separarse ni un instante de ese bebé, que nació unas horas antes. Y que ella pidió tener a upa no bien salió de la panza de la mamá. A pesar de sus tres años recién cumplidos, Alina participó activamente del parto de Gerónimo. No se lo quiso perder. Y nadie podrá decirle que a los chicos los trae una cigüeña de París o que nacen de un repollo.

 La tuvo clara, diríamos, desde un principio. Pero competir por los brazos de mamá y de papá con alguien más, es una experiencia tan nueva como incontrolable. Y hay llantos repentinos.

En una madrugada de chaparrones pasajeros, con cambio de Luna (¿será cierto que influye en los nacimientos?), Gerónimo decidió abrirse paso para nacer. Y no habría nada de especial si no fuera porque nació en una casa por decisión de sus padres. Fue el 8 de febrero en Moreno, donde Natalia Ibarra (29) y Adrián Nivello (33) -una maestra y un kinesiólogo de Chivilcoy- establecieron un hogar transitorio en lo de una amiga, buscando intimidad para esperar a su segundo hijo. Parto domiciliario. Igual que con Alina. Aunque aquella vez, la nena nació en la casa de la partera que los asistió.

La humedad se cuela y hace sofocante la resolana de la siesta que invade el living, a donde llega el murmullo de abuelos, tíos y primos que acaban de llegar.

Aquí no hay enfermeras dando vueltas ni médicos deslizando órdenes. No hay nursery. No hay horarios para besos, ni caricias, ni para brazos que acunen. Gerónimo lanza a veces un rezongo imperceptible. Y la vida acontece, plácida, según lo quisieron Natalia y Adrián. Pero surgen las preguntas. ¿Por qué no ir a un hospital o a una clínica? ¿Qué los decidió a ellos -y a tantas otras parejas- a elegir su casa, la de un amigo o la de la partera, para esperar la llegada de sus hijos? ¿Por qué saltear la sala de partos? ¿Es una tendencia snob que vuelve al tiempo de las abuelas? ¿O será que escapan de un sistema que no deja resquicios para el significado de lo íntimo que provoca el momento más trascendente de sus vidas?

Razones tales como tener privacidad, evitar el ambiente despersonalizado y frío de una sala de partos; además, de la catarata de intervenciones previas a las que, en líneas generales, se somete a una embarazada a punto de tener su bebé en una institución: goteo de ocitocina (para aumentar las contracciones y acelerar el nacimiento); monitoreo electrónico del bebé; la aplicación de la anestesia peridural (para reducir los dolores de parto); una episiotomía (corte en la parte inferior de la vagina en el momento de parir), dar a luz en una camilla con los pies atados. Y -finalmente- evitar la posibilidad de formar parte del 35 por ciento de las cesáreas que se presume se hacen en la Argentina y que -dicen los que saben- no siempre son necesarias. Eso, teniendo en cuenta que la Organización Mundial de la Salud considera que no más del 15 por ciento de los nacimientos deberían terminar en tal intervención quirúrgica.

No hay estadísticas de cuántos partos domiciliarios se realizan en el país. Pero sí se sabe que la tendencia es creciente en países desarrollados como Bélgica, Dinamarca, Suecia. Y Holanda, donde el 40 por ciento de los bebés nacen de este modo, o en las casas de partos, donde las embarazadas son acompañadas por parteras y obstetras. Incluso en varias ciudades de Brasil hay este tipo de lugares. Y las razones son las mismas en todos los casos: escabullirse de la medicalización de rutina, cuando no hay motivos de riesgos.

En la Argentina, el perfil de quiénes optan por los partos domiciliarios son parejas jóvenes que tuvieron malas experiencias previas en alguna institución o que sin ella, buscan que nada ni nadie apure el nacimiento inútilmente. Están convencidos de que la mamá debe tener libertad para transitar el trabajo de parto como mejor le venga en ganas: caminando, metiéndose en la bañadera con agua tibia para relajarse; gritar, sentarse, acostarse, ponerse en cuclillas, colgarse del cuello de su marido, de la partera o de quien sea. Están decididas a que nadie les diga: "Callate y pujá". Las palabras, imperativas siempre, más escuchadas en una sala de partos.

Pero, ¿por qué callarse? ¿Por qué obedecer? ¿Por qué no gritar la vida que se está pariendo? Después de todo, es esa mujer la que siente y sabe de qué se trata esa fuerza inconfesable e intransferible del bebé cuando empieza a pujar por salir. ¿O es que alguien tiene el control remoto de un nacimiento?


Tránsito al amanecer

Pocas horas antes de que Gerónimo naciera, su mamá Natalia, todavía con la panza enorme como un globo de piel, resumía su elección: "Queríamos una forma más humanizada para el nacimiento de nuestros hijos. Con más respeto a nuestros propios tiempos, que no me trataran como si estuviera enferma, que no me transmitieran miedos".
Ella supo desde que decidió ser mamá que no quería que nadie, más que ella y el bebé, manejara los tiempos del parto. "El sentimiento más importante es que tu hijo nace con una libertad inmensa. Le das esa libertad para que nazca con sus tiempos, cuando él quiere", reflexiona.

Claro que con Gerónimo tuvo un tránsito rápido. El parto duró una hora exacta entre la primera contracción fuerte hasta que el bebé estuvo sobre su pecho, buscando a tientas el pezón donde mamar. Tiempo suficiente para que el obstetra Carlos Burgo y la partera Vendela Chignac -que asistieron el nacimiento- cortaran camino por la Autopista del Oeste rumbo a Moreno. Afuera, el vecindario comenzaba a espiar por detrás de las ventanas, cuando los gritos de Natalia cortaron el sueño. Los dolores la hacían caminar, andar por la casa, sentarse sobre las piernas de Adrián, para que él le masajeara la espalda. Hasta se puso en cuatro patas, con la frente apoyada en el piso.

"Una postura como si estuviera rezando -cuenta Natalia, con el semblante descansado, pocas horas después de parir-. Ahí empecé a sentir una fuerza increíble adentro mío." Y Gerónimo empezó a coronar: su cabecita se abría paso hacia afuera. "Lo único en que pensaba era ayudarlo a nacer. Gritaba: ´¡Gerónimo salí, Gerónimo salí!´." Y salió, nomás, expulsado a los brazos de papá y mamá. Eran las 6.30. La balanza que llevó la partera se clavó en los 3 kilos 760 gramos. Adrián cortó el cordón umbilical, Alina eligió la ropa para ponerle y guardaron la placenta de recuerdo.

 



 

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